Niñas rameras prostitutas calle

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Estos empresarios han llenado la ciudad de cientos de negocios: También existen por todas partes los llamados sexshows infantiles. Mis ganancias aumentaron y hasta pude montar otro negocio igual. Pero desafortunadamente a la competencia se le ocurrió hacer lo mismo". El 32 por ciento de las niñas trabaja en estos shows. El resto lo hace en los reservados -sitios exclusivos, para clientes de altos ingresos- o también en residencias, tabernas, tiendas de barrio o en la propia calle.

Y es que en la calle la actividad se complementa con el robo y el atraco. Cogemos plata, cadenas, billeteras. Mientras el tipo lo acaricia a uno, nos vamos metiendo las cosas al bolsillo. No obstante, el negocio de la prostitución infantil no es rentable. Por lo menos para las niñas. Hay épocas en que no reciben nada.

Malas rachas durante las cuales no les llega ni un solo peso al bolsillo. En cambio, sí necesitan para el arriendo, la comida, el transporte Tan pronto terminan de atender a un cliente, las niñas salen corriendo en busca de su buena dosis de basuco o marihuana. Ellas dicen que la droga les ayuda a sobrevivir en ese medio. Pero también acaba con su salud. Me gustaba mucho -agrega Marcela-. Pero no he vuelto porque ese vicio me tiene acabada.

El basuso, el perico que nos dan los clientes.. Creo que estoy enferma". Resulta igualmente grave que el 50 por ciento de ellas no sepa qué es el sida.

En lo que si parecen estar conscientes es en la necesidad de usar preservativo. Las niñas le exigen al cliente que utilice condón. También tienen claro el riesgo de quedar embarazadas y por eso suelen cargar pastillas anticonceptivas. Sin embargo, las estadísticas muestran que esto poco funciona: A las mujeres no les gustaba que se exhibiera y regaban la bola de que tenía sida.

Entre los colegas que venían de Honduras para entrenamientos en Guatemala estaba Francisco, un compañero un tanto nervioso pero buena onda que había venido varias veces. Era bueno en su trabajo y cumplía sus metas de ventas, así que los dueños de la empresa estaban contentos con él. Tres meses después de cambiarme a mi nuevo apartamento, mi vecino, que me alquilaba el mismo, se ganó la lotería.

Siempre me pareció una buena persona. Se llamaba Gabriel, a secas, como me pidió que lo llamara. Acababa de cumplir cuarenta y no trabajaba, vivía de algunas rentas.

Con la noticia de que había ganado la lotería vi rondar la casa a varias personas que nunca había visto. También se enseñó que cuando te llaman hija de puta en la calle no te ofendes porque sabes que es tu trabajo; y que tu madre es puta y tu abuela fue puta. Que siendo putas te han dado de comer. La herencia es sagrada para muchos dominicanos: El linaje de las Pérez no entiende de negocios millonarios.

Altagracia Pérez, de 51 años, sus hijas y su nieta han heredado el simple oficio familiar de ser puta, profesión cuyo abolengo comienza, dicen, con la humanidad misma. Andrés es donde viven los dominicanos que hacen felices las vacaciones de los gringos ansiosos por sol y arena. La frontera es clara: Son las cinco de la tarde pero el sol conserva el ímpetu del mediodía. Las calles de tierra se evaporan en forma de polvo y en las pieles morenas de la familia Pérez no hay rastros de sudor.

Nadie se queja del calor. Altagracia Pérez, la matriarca, posee una casucha de paredes rosadas descascaradas que tiene un techo pobretón parchado con hule y tejas de zinc. En una maqueta desordenada de casas, la de las Pérez no destaca entre sus vecinas, todas igual de gastadas y a punto de caer.

La vivienda tiene dos habitaciones que comparten la puta jubilada, dos hijas putas, una nieta puta, un bisnieto de menos de un año y la bisnieta de cinco. Las fichas se mueven sobre una mesa improvisada hecha de dos sillas enfrentadas. A espaldas de las mujeres cuatro chavales juegan beisbol ruidosamente: Altagracia mira de reojo a su nieta, que tiene una ficha envidiada: La chica sonríe, se sabe a punto de un triunfo.

Del cuello de la matriarca de las Pérez cuelga una cadena con la imagen de la virgen de Altagracia. Todo es de oro pero no hay brillo. Altagracia tiene los ojos negros de un cuervo y hastío en la mirada. Apenas pasa los 50 años pero luce como una anciana: A Altagracia la vida y los hombres le han pasado encima como rodillo.

Dicen que por eso casi no habla. Su hija Ramona y su nieta Isadora cuentan cómo se inició como puta y cómo ellas heredaron el negocio. Su nieta hace un movimiento ganador y la puta retirada refunfuña con voz ronca algo imposible de entender. Como buena perdedora, Altagracia se levanta y la besa en la frente, orgullosa de la aprendiz que supera a la maestra.

La niña vivió en ese rincón de malas estadísticas hasta los 10 años. La madre no podía mantener a siete hijos y una tía lejana se ofreció a ayudar. Propuso llevarse a la chiquilla a trabajar a un campo de caña y la viuda aceptó. El trabajo de Altagracia consistía en permanecer totalmente quieta mientras hombres sudorosos penetraban su cuerpo de niña sin senos ni menstruación.

Después de un año de trabajo, Altagracia menstruó, se embarazó de alguno de esos negros que se ganaban la vida a machetazos y parió una hija.

Minerva, Ramona y María, que falleció cuando era apenas un bebé, llevaron el apellido de Altagracia desde el nacimiento. Cuando empezaron a ejercer ya no se acostumbraba buscar clientes en los cañaverales. En el dictador Rafael Leónidas Trujillo había impulsado el turismo en la playa de Boca Chica con la construcción del primer gran hotel de la zona: El balneario tenía 25 habitaciones que alojaban a políticos, artistas, hombres de negocios y personajes del jet set de la época.

Allí disfrutaron del sol el presidente argentino Juan Domingo Perón, la actriz americana Kim Novak y el dictador cubano Fulgencio Batista. Las fiestas que daba Trujillo en Boca Chica eran famosas y era bien sabido que las mujeres eran el plato fuerte para él y para todos sus invitados. El dictador era conocido entre los habitantes de la isla por tener —por las buenas o por las malas— a toda mujer que se le antojase.

Para finales de los años 70 el país era otro: Altagracia fue parte del paisaje que atraía a los gringos. La madre crió a sus pupilas Minerva y Ramona, quienes a los 10 años ya sabían un par de frases mal pronunciadas en inglés para tentar a clientes gringos. Llegar a la playa es enfrentar a un ejército de comerciantes con insistencia de vendedores de infomercial.

Todos buscan ganar unos pesos a costa de alguno de esos casi 5 millones de turistas que llegan cada año a su isla. Un mulato flaco y alto como una palmera pasea en una bicicleta de tres ruedas con una canasta llena de cocos. Refrescarse cuesta 30 pesos dominicanos, menos de un dólar. Una mujer con tetas como papayas ofrece a gritos yaniqueques, una especie de empanada frita sin relleno. Un negro regordete y de barba blanca tiene las manos llenas de pinzas rojas y antenas: Tres niñas de cabellos trenzados se pasean por la playa, se bañan en shorts y top, y sonríen a un par de viejos rubios y calvos.

Un revolcón con una niña de 40 kilos que apenas llega a la pubertad cuesta lo mismo que una langosta de gramos.

No hay cifras, pero sí advertencias: Estamos de regreso en Andrés: Ramona, la hija menor de Altagracia, deja el juego de dominó y cede su turno a una vecina que llega de visita. Ofrece café y pone una olla tiznada al fuego. El olor del grano impregna el lugar y neutraliza el hedor a aguas estancadas que reina en la casa.

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El mío era uno flaco. No me importó nada, le devolví los pesos que me había dado. En la familia Pérez nunca se conocieron fiestas de 15 años, ni matrimonios, ni padres, ni maridos. En esta casa se enseñó con la misma naturalidad a cocinar arroz con habichuelas, a rezar a la virgen de Altagracia —madre y protectora del pueblo dominicano— y a mamar huevo sexo oral.

También se enseñó que cuando te llaman hija de puta en la calle no te ofendes porque sabes que es tu trabajo; y que tu madre es puta y tu abuela fue puta. Que siendo putas te han dado de comer. La herencia es sagrada para muchos dominicanos: El linaje de las Pérez no entiende de negocios millonarios. Altagracia Pérez, de 51 años, sus hijas y su nieta han heredado el simple oficio familiar de ser puta, profesión cuyo abolengo comienza, dicen, con la humanidad misma.

Andrés es donde viven los dominicanos que hacen felices las vacaciones de los gringos ansiosos por sol y arena. La frontera es clara: Son las cinco de la tarde pero el sol conserva el ímpetu del mediodía. Las calles de tierra se evaporan en forma de polvo y en las pieles morenas de la familia Pérez no hay rastros de sudor.

Nadie se queja del calor. Altagracia Pérez, la matriarca, posee una casucha de paredes rosadas descascaradas que tiene un techo pobretón parchado con hule y tejas de zinc.

En una maqueta desordenada de casas, la de las Pérez no destaca entre sus vecinas, todas igual de gastadas y a punto de caer. La vivienda tiene dos habitaciones que comparten la puta jubilada, dos hijas putas, una nieta puta, un bisnieto de menos de un año y la bisnieta de cinco.

Las fichas se mueven sobre una mesa improvisada hecha de dos sillas enfrentadas. A espaldas de las mujeres cuatro chavales juegan beisbol ruidosamente: Altagracia mira de reojo a su nieta, que tiene una ficha envidiada: La chica sonríe, se sabe a punto de un triunfo.

Del cuello de la matriarca de las Pérez cuelga una cadena con la imagen de la virgen de Altagracia. Todo es de oro pero no hay brillo. Altagracia tiene los ojos negros de un cuervo y hastío en la mirada. Apenas pasa los 50 años pero luce como una anciana: A Altagracia la vida y los hombres le han pasado encima como rodillo. Dicen que por eso casi no habla. Su hija Ramona y su nieta Isadora cuentan cómo se inició como puta y cómo ellas heredaron el negocio. Su nieta hace un movimiento ganador y la puta retirada refunfuña con voz ronca algo imposible de entender.

Como buena perdedora, Altagracia se levanta y la besa en la frente, orgullosa de la aprendiz que supera a la maestra. La niña vivió en ese rincón de malas estadísticas hasta los 10 años. La madre no podía mantener a siete hijos y una tía lejana se ofreció a ayudar. Propuso llevarse a la chiquilla a trabajar a un campo de caña y la viuda aceptó.

El trabajo de Altagracia consistía en permanecer totalmente quieta mientras hombres sudorosos penetraban su cuerpo de niña sin senos ni menstruación. Después de un año de trabajo, Altagracia menstruó, se embarazó de alguno de esos negros que se ganaban la vida a machetazos y parió una hija. Minerva, Ramona y María, que falleció cuando era apenas un bebé, llevaron el apellido de Altagracia desde el nacimiento. Cuando empezaron a ejercer ya no se acostumbraba buscar clientes en los cañaverales.

En el dictador Rafael Leónidas Trujillo había impulsado el turismo en la playa de Boca Chica con la construcción del primer gran hotel de la zona: El balneario tenía 25 habitaciones que alojaban a políticos, artistas, hombres de negocios y personajes del jet set de la época.

Allí disfrutaron del sol el presidente argentino Juan Domingo Perón, la actriz americana Kim Novak y el dictador cubano Fulgencio Batista. Las fiestas que daba Trujillo en Boca Chica eran famosas y era bien sabido que las mujeres eran el plato fuerte para él y para todos sus invitados. El dictador era conocido entre los habitantes de la isla por tener —por las buenas o por las malas— a toda mujer que se le antojase.

Para finales de los años 70 el país era otro: Altagracia fue parte del paisaje que atraía a los gringos. La madre crió a sus pupilas Minerva y Ramona, quienes a los 10 años ya sabían un par de frases mal pronunciadas en inglés para tentar a clientes gringos. Llegar a la playa es enfrentar a un ejército de comerciantes con insistencia de vendedores de infomercial. Todos buscan ganar unos pesos a costa de alguno de esos casi 5 millones de turistas que llegan cada año a su isla.

Un mulato flaco y alto como una palmera pasea en una bicicleta de tres ruedas con una canasta llena de cocos. Refrescarse cuesta 30 pesos dominicanos, menos de un dólar. Una mujer con tetas como papayas ofrece a gritos yaniqueques, una especie de empanada frita sin relleno. Un negro regordete y de barba blanca tiene las manos llenas de pinzas rojas y antenas: Tres niñas de cabellos trenzados se pasean por la playa, se bañan en shorts y top, y sonríen a un par de viejos rubios y calvos.

Un revolcón con una niña de 40 kilos que apenas llega a la pubertad cuesta lo mismo que una langosta de gramos. No hay cifras, pero sí advertencias: Me gustaba mucho -agrega Marcela-. Pero no he vuelto porque ese vicio me tiene acabada. El basuso, el perico que nos dan los clientes.. Creo que estoy enferma". Resulta igualmente grave que el 50 por ciento de ellas no sepa qué es el sida. En lo que si parecen estar conscientes es en la necesidad de usar preservativo. Las niñas le exigen al cliente que utilice condón.

También tienen claro el riesgo de quedar embarazadas y por eso suelen cargar pastillas anticonceptivas. Sin embargo, las estadísticas muestran que esto poco funciona: La pregunta es por qué se comenzó a actuar tan tarde. El director del Bienestar Familiar, Rafael Orduz, acepta que "el Estado se dejó coger ventaja en este problema, que ya se registra en todo el país.

Pero hay muchos proyectos de solución en camino". Se tienen destinados millones de pesos para iniciar programas de prevención y rehabilitación, reforzar planes de salud, crear hogares de paso e iniciar con la Registraduría Nacional del Estado Civil una campaña de identificación de estos menores, pues el 60 por ciento carece de tarjeta de identidad.

Uno de los mayores problemas que afrontan las autoridades es la falta de un sitio en donde puedan vivir las niñas luego de que la Policía comience a realizar allanamientos en los negocios de los proxenetas. Volverían de nuevo a las calles y eso no tiene sentido", dice Miguel Alvarez-Correa, de la procuraduría delegada para la Defensa del Menor.

Lo que resulta ilógico es que este fenómeno se esté presentando a la sombra de un Código del Menor que tipifica como delito todo caso de explotación o maltrato infantil. El decreto de señala que "todo menor tiene derecho a ser protegido contra toda forma de abandono, violencia, descuido, abuso sexual o explotación".

Lo importante es que se cumpla con rigor. Que les quiten en forma definitiva la licencia a todos esos establecimientos en donde abusan de las menores".

Pero cerrar los negocios no es una medida suficiente. Las menores rehabilitadas no encuentran empleo en otra parte. Las empresas las rechazan. Todo ello hace difícil que las niñas tomen la decisión de salirse de ese mundo. Lo importante, por lo menos, sería lograr que ninguna otra se interesara en entrar en él. El mensaje de la campaña va a ser muy directo: Maria, su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa.

Mientras comemos, al fin nos han traído dos platos de pollo en mole, arroz, tortillas y un vaso de capirotada para Any, trato de sonsacarle unos cuantos secreto sobre su vida. Un chaval playera negra, moreno, ni alto ni chaparro, fornido, brazos rayados, ventitantos años, se acerca a la mesa y saluda Any con un gesto adusto. La niña dice que es su hermano, otro comensal frecuente de esta olla comunitaria, después me entero. Le digo que pare, que no haga eso y ella explota en un ataque de carcajadas frenéticas, demenciales.

Durante los tres días que he estado aquí he visto a una joven prostituta embarazada, chaparrita, morena, de escotada blusa, minifalda, tacones y gafas oscuras, que va y viene, que viene y que va, por los andadores de la plaza, ofreciéndose. He visto a un señor grueso, de piel tostada, melena blanca al estilo punk, vendiendo relojes y celulares usados entre los ancianos que vienen aquí a pasar el rato.

He visto a un viejito flacucho arrastrando una manguera amarillenta y cargando en su mano izquierda una bolsa trasparente con sus meados. Esta vez noto que se ha cortado su larga melena rubia, que se la ha teñido de rojo y se ha maquillado la cara con saña. Cuenta que anoche la policía cargó con Paco, su novio, porque lo pilló tomando en la calle y ahora ella debe juntar mil pesos para que lo dejen libre. Que sí, le digo, pero que iremos con una amiga, compañera de generación, con la he quedado para comer en los Caldos Guayulera, de la colonia Guayulera, el barrio de Any.

Ya una vez la Santa Muerte la salvó de morir de un fierrazo que le dieron en la calle, dice, y se levanta la blusa para enseñarnos una cicatriz que tiene en la panza. Que ya vengo a buscar a la güerilla eh, que la otra vez me vieron yendo con la güerilla y que no sé qué.. Pardeando la tarde miro otra vez a Any caminando con su hermana Caro, que esta vez no trae bebé ni carriola, en mitad de la plaza como desesperada, acelerada, alterada. Suscríbete Saltillo Clasificados Comunidad.

La niña del moño rojo que juega a ser prostituta en el centro de Saltillo. Esta es la crónica de cómo una niña y sus amigas ofrecen su cuerpo por pesos en la plaza Acuña. Edgar de la Garza. Le dije que no, que ahora no, que no tenía plata, que mañana… Estaba nervioso y trasudaba. Dijo que se llamaba Any, que tenía 16 años y estaba por cumplir 17, en julio.

Que sí, respondió la otra niña, la cabeza todavía recostada sobre la mesa.

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